jueves, 12 de agosto de 2021

Con altura

Así están siendo las vacaciones de verano. Arriba y abajo. Hoy os contaré lo que hicimos las dos últimas semanas de junio.

El primer viaje fue a los orígenes de la abuela paterna de Asbjørn. Eso nos lleva a la zona de Valdres. Allí se habla uno de los dialectos noruegos más bonitos según la opinión generalizada.  Además cuenta la familia con orgullo que uno de los tíos abuelos de Asbjørn fue retratado por un pintor famoso.  

Fue emocionante pasear por las mismas calles, visitar la tumba en el cementerio y ver la granja donde creció la abuela de Asbjørn. También tuvimos tiempo de plantar la tienda de campaña no muy lejos de allí. Unos días de relax nunca vienen mal.

Nos decidimos por el pico  de Bessegen. Me sentí feliz de poder superar mi mal de alturas  Todas esas piedras que veis las bajó la menda como pudo. No veáis qué adrenalina  y los chillidos que solté allí.

Disfrutamos de unas vistas que cortan la respiración. Nos sumimos en la tan bella sensación de sentirse libre en plena naturaleza. Confieso que llegué exhausta y con las  piernas temblorosas  de vuelta a la tienda. Y por qué no admitirlo muy orgullosa.


La otra semana de vacaciones en junio nos fuimos a la región noruega de Vestlandet. Los cuatro. No sin antes hacer varias paradas en otros lugares. Es un buen trozo en coche. Una de los sitios más exitosas fue la carretera atlántica. De vértigo total. Y con una buena ventolera.


Otro de los puntos álgidos de las vacaciones fue en la isla de Runde. Con unos paisajes maravillosos. Se siente una bien pequeña ante semejante inmensidad.



Gozamos también de su variedad ornitológica.

Aquí tenéis a la estrella de Runde. Los irresistibles frailecillos. Con su pico multicolor y sus ojos nostálgicos. Los pudimos ver a menos de un metro.  Es un espectáculo observar  a miles de pájaros regresando a sus hogares. Muy graciosa su forma de aterrizar. Su canto se asemeja al de una pequeña sierra cortando troncos. Toda una experiencia. 

 Cuando tengo ansiedad y pienso que nada va bien, cierro los ojos e intento visualizar a estos pajarillos. Como vía de salida. Leí en un libro de Fernando Aramburu que las personas estamos destinadas a embellecer el mundo según uno de sus personajes. Yo soy de las que cree que el mundo (en especial la naturaleza) nos embellece a las personas. Los frailecillos son tan especiales que no se pueden describir con palabras. Se han de ver. Los chicos no se querían ir. Con eso lo digo todo.

Mi suegra viene de  un pueblecito de Vestlandet que se llama Jølster. Describe una infancia hermosa con un concepto de  familia piña y la granja donde creció. Y también nos ha contado los retos diarios por las largas distancias y la climatología.  

En Vestlandet vimos lagos verdes, montañas muy altas y ríos con muchísima agua.  Cogimos un teleférico relativamente cerca de Jølster. Mirad qué vistas.

 

Hasta nos remojamos en un río.



 Y luego  un buen chapuzón en un lago.

 
 
También tuvimos el honor de alojarnos en una casa de huéspedes que pertenece a un  primo de Asbjørn. Él es actual propietario de la granja que cuenta con diversas casas. Y sus padres viven en una de ellas.  

A algunos kilómetros de la granja tienen tierras de pastoreo. La parcela cuenta con una pequeña cabaña para descansar.  Se puede sentir cómo eran las cosas hace 70 años.  Allí es donde transportaban a los animales a pastar cada verano. Vimos algunas vacas y ovejas.  Un valle de postal total. Para qué negarlo.

No es fácil vivir de una granja exclusivamente hoy en día. El primo de Asbjørn aparte de criar, ordeñar a las vacas y vender la leche (con ayuda de su madre) tiene un trabajo de oficina a jornada completa.

Como veis y aunque el gobierno noruego da algunas subvenciones a los granjeros, no es siempre suficiente. Ahora mismo hay un movimiento rural para exigir mejores condiciones para los granjeros en toda Noruega. Sea como sea, aquí las granjas pasan de padres a hijos. Lo de ser granjero se lleva en la sangre y sólo algunos deciden cortar la tradición y vender la granja fuera de la familia.

Una cosa que me conectó con mis orígenes fue la calidez familiar y la hospitalidad en Jølster.  La tía de Asbjørn nos preparó mucha comida. Recibimos un libro de cómo ser granjero de su tío. Vimos a una prima de Asbjørn y a su marido. Al enterarse de que estábamos allí acudieron a nuestro encuentro. Recuerdo con cariño un par de cenas con embutido de ciervo (hecho por sus primos) y unos pasteles caseros de su tía. Para chuparse los dedos.

La mayor parte de julio me tocó trabajar y ahora tengo vacaciones. Hemos decidido pasarlas en casa y hacer excursiones. Os contaré en otra entrada.  Se puso la cosa muy estricta por el Corona y hemos pensado en bajar al Mediterráneo en otoño. Con muchas ganas de abrazar a los míos.

Hasta la próxima

sábado, 19 de junio de 2021

Me da la vida

Pustepause y tilstedeværelse son dos palabras noruegas que me gustan mucho. La primera significa tomar una pausa para respirar. La segunda es estar presente. Ambas han cobrado importancia los últimos años en mi vida.

Hará cosa de mes y medio  mi cuerpo se paró en seco. Literal. Estaba trabajando ya algo encorvada en la mesa de la cocina de casa desde hacía algunos días. De repente tuve que cesar de trabajar. Estaba totalmente entumecida en mis extremidades. Todos los pensamientos se habían marchitado. Como cuando uno resetea el teléfono móvil o el ordenador. 

Me asusté. Bastante. Me dí cuenta al momento de que me había presionado los últimos meses. Y que había reprimido ir soltando las emociones un poquito cada día. Y yo cuando me asusto pienso enseguida en tiritas.

No me preguntéis porqué, pero me vienen a la cabeza  mis épicas caídas en bicicleta de niña.  Y ahí veo a mi madre limpiándome la sangre con el chorrito de alcohol o agua oxígenada, mientras yo, extasiada, me quejaba  y miraba (a partes iguales) las burbujas que brotaban de mis rodillas. Todo eso mientras pensaba en la serie "Érase una vez la vida" y dramatizaba la situación en mi cabeza. Luego recuerdo, con una  extraña lucidez,  sentirme la más molona del lugar. Con mis rodillas llenas de mercromina y las tiritas en los codos. Una auténtica guerrera.

                      Imagen de "Érase una vez la  vida". Fuente: www.lainformacion.com
     

Lo de las tiritas no es un gran remedio cuando de la mente se trata. Pero la capacidad de buscar soluciones, aunque  el miedo haga estragos dentro de una, es algo que viene de serie en mi familia. Así que por lo pronto llevo algo más de un mes haciendo aquagym en grupo en la piscina  y me siento mucho más ligera. Somos un grupo bonito. Todo señoras y la mayoría oficinistas o maestras con dolor de espalda. La instructora es súper agradable. Me encanta porque nos pone música de los ochenta y música latina algunas veces.  

No es sólo el ejercicio que ayuda sino el tiempo para una misma. Y el estar más en el momento presente y no planificar todo al milímetro. Así que he empezado a dar algún paseo yo sola, coger la bici y a volver a ir afuera con la tienda de campaña. Con Asbjørn los dos solos. Y también los cuatro juntos.

 

Me da la vida cuando el mayor trae su primera trucha bien feliz. Tan fresca que se puede separar con los dedos.  El olor a pan casero hecho por el pequeño. Al escuchar los pajaritos que acaban de nacer en la cajita que les pusimos.  O al alzar la vista en la huerta de casa ante un estruendo repentino en el cielo. Ayer mismo. Nada más y nada menos que una lechuza con un ratón entre sus garras y varias crías de lechuza flanqueando a su madre a ambos lados.  Un momento diez. Y cómo olvidar el sonido del tocadiscos al bajar la aguja y la emoción de escuchar justo esa canción.

 


Los nudos en la garganta y las lágrimas también son parte de la vida. Como hace una semana. Que alguien muy especial que sufre demencia me hable en español. O que otra persona con la misma afección me coja cariñosamente por el brazo. Y que esa misma persona me suelte sin tapujos. "Eres tan guapa y estoy tan contenta de que estés aquí". Lo que se generó en mi cuerpo y en mi mente es  algo que no se puede describir con palabras.

Me da la vida cuando me paro a vivirla aunque suene a redundancia. Sólo se trata de recordarlo, aunque a veces no sea una tarea fácil.

Hasta la próxima.

 

domingo, 25 de abril de 2021

Alimentos de kilómetro cero

Camino a los tres años en la granja se empieza a ver el resultado de los proyectos hechos con ilusión y esfuerzo. Tenemos huevos de nuestras gallinas y patatas de diversos tipos durante todo el año. Y no pueden faltar setas de nuestro bosque, algunas mermeladas de frambuesas y arándanos azules y jugo casero de grosellas.


Los alimentos de proximidad saben muy ricos. Me encanta poder aprovechar lo que la naturaleza ofrece cada estación del año y preparar platos de temporada. Ahora hay un programa en la televisión noruega que trata justo de eso. De cocineros que tienen su restaurante y se adaptan a la naturaleza para elaborar sus menús. Se llama Kokkeliv (la vida del cocinero) y podéis verlo en noruego pinchando aquí. Mi episodio favorito es el segundo. Es gracioso porque el pequeño hace tiempo que dice que de mayor quiere tener un restaurante con productos de su propia granja. Quién sabe, pero en todo caso me parece bonito su plan.

                             Foto de www.nrk.no

Las patatas las almacenamos en el sótano en una caja de madera artesana y bien protegida con una red metálica. Tuvimos visita de algunos ratones hace unos meses. Por suerte los detectamos pronto y se pudo solucionar con trampas. Cosas de vivir en el campo. 

Por otro lado es un gozo coger los huevos del gallinero cada día. Sobretodo cuando los acaban de poner las gallinas. Están calentitos y da mucho gusto abrazarlos con las manos. El mayor pasa largos ratos en el gallinero, y al pequeño le gusta mucho llevarles snacks (maíz o pieles de zanahoria por ejemplo).

Hace poco tuvimos que tomar una decisión difícil. El gallo- Leopold -se puso muy machito. Esperamos varios meses, pero al final era complicado entrar en el gallinero para mí y decidimos sacrificarlo. También porque nos gustaría tener pollitos más adelante y el gallo era hermano de las gallinas. Yo reconozco que derramé algunas lágrimas, pues yo me encariño hasta con las hormigas. Y por supuesto porque hemos tenido momentos muy hermosos con el gallo. 

                                               Leopold y Tåke el pasado verano.

 
                                                         Leopold este invierno.

Pero de esta experiencia he aprendido algo. A los animales de granja hay que tratarlos con respeto y a la vez marcarles los límites. Así que a las gallinas les doy mucho amor y a la vez demuestro que yo soy la jefa. Y todo va bien por el momento. La verdad es que pensé que estarían tristes sin el gallo, pero salen mucho más al gallinero exterior y están como muy relajadas. Mejor así. Y siguen poniendo huevos. Ahora estaremos un tiempo sin gallo, pero más adelante probaremos de nuevo.

Una parte complicada para mí (que vengo de ciudad) es lo de comerme a los animales de mi propia granja. Un reto para mí.  Nunca había tenido una relación tan directa con la naturaleza como la que tengo ahora.

Aquí se dice que el respeto a un animal se lo demuestras cuando lo crías y lo cuidas bien. Pero también cuando llega su hora y no lo tiras, pero te lo comes. Se considera mucho más honesto y lógico. Asbjørn se lo ha contado muchas veces a los niños y parece que ellos han adquirido una mentalidad diferente a la mía. Ellos ven esta situación como natural.

Tras sacrificar al gallo nos sentamos toda la familia y pensamos que qué mejor honor al gallo que cocinar el famoso "coq au vin" con pinot noir francés. Y vino tinto español para los adultos. Hoy ha sido el día. La cena ha sido muy especial tanto para los mayores como para los niños. La carne es muy diferente a la del pollo de la tienda. Al poder moverse y comer cuando quiere es un animal muy musculado.  Su carne es oscura y muy tierna tras tres horas de cocción. Con setas, patatas, cebollas y zanahorias es un lujo al alcance de pocos. Casi todos los gallos son sacrificados al nacer en la industria.

 
                                  Tratando de llevar a toda la tropa al gallinero este verano

Ahora ya con muchas ganas de que llegue la primavera "real". Y empezar con la huerta y otro proyecto que tenemos entre manos. Sólo falta que deje de nevar. Llevamos una racha con la nieve de aúpa. Pero esto ya da para otra entrada.

Hasta la próxima.


jueves, 4 de febrero de 2021

El encanto del frío

16 grados bajo cero. Esa es la media de esta semana. Lo mismo la semana pasada. Sol radiante. Cielo rosado cada día y alguna aurora boreal tímida, pero siempre hermosa. Gorro con orejeras, manoplas y mucha lana me acompañan estos días. 

Me encanta mirar entre los jerseys de lana que tengo. Pocos pantalones, pocas faldas, pero los jerseys que no falten. Ull er gull dicen en Noruega ("la lana es oro"). Estamos teniendo un invierno de postal. Con nieve incluída. A la cámara de fotos le baja la batería muy rápido con estas temperaturas. Pero alguna que otra foto cae.

Los chicos están muy emocionados y juegan afuera con sus trineos. Se hacen su propia pista casera y bajan que se las pelan. La rasca no les asusta pues usan ropa adecuada.  


Ahora también les ha dado por el patinaje sobre hielo. Me gusta ver que tienen ilusión por probar cosas nuevas. Y sobretodo que se divierten. El fin de semana se estrenaron el hockey sobre hielo en un club local. Gratis gracias al voluntariado, pero hicimos una pequeña donación de cinco euros para ayudar a que cosas así se sigan manteniendo.

Yo también tengo patines, pero mi nivel es muy limitado. Eso de resbalar aún es un tema pendiente. Habrá que seguir practicando tanto con patines como con esquís.

Como culo de mal asiento he encontrado una nueva actividad que me ha enganchado: Las raquetas de nieve. Y así, la pausa para comer en el teletrabajo se convierte en una pequeña excursión en nuestro bosque. Arriba y abajo observando árboles, pájaros y calentando músculos. 

No importa que haya mucha nieve con las raquetas. Eso sí hacer el camino la primera vez lleva su sudor y esfuerzo. Cuando tengo que ir a la oficina tomo la excursión con las raquetas al llegar por la tarde a casa.

Asbjørn también se ha apuntado a mis locuras y lo pasamos bien juntos arriba y abajo. Y luego nada como calentarse al lado del horno de leña, escuchar buena música, bailar o deleitarse con un buen chocolate caliente de vez en cuando. Eso sí, la factura de la luz va a doler este mes.

La actividad física es genial con el frío. Y bueno, por no quedarme encarcarada con las posturas de oficina y el estrés  y la presión del principio de año. El Corona está dando muy duro aquí también. Las urgencias sociales y situaciones difíciles en el trabajo se han multiplicado de una forma brutal. Y me siento muy cansada, pese a ser afortunada por tener trabajo. Suerte de los buenos colegas y el apoyo de personas queridas. Y cómo no esos audios de Whatssap que llegan en el momento preciso.

Antes de dormir damos un paseo de quince minutos afuera. Las estrellas brillan con fuerza. Muchas veces los chicos se apuntan. Y las dos gatas también. Menuda tropa.

Hasta la próxima.

lunes, 4 de enero de 2021

El gran salto

Si hay una expresión noruega que ha definido el año 2020, esa es "å komme seg over dørstokkmila". La frase podría traducirse como "traspasar el marco de la puerta". Cosa que se ha convertido en un reto en este año pandémico. Es ser capaz de salir y activarse cuando uno se encuentra atrapado en el sofá de casa. Está también relacionado con la palabra "brakkesyke" que significa estar en el interior sumido en un estado de apatía /  muy poca actividad.

 

 

Este 2020 me he regalado un viaje a los sentidos. Me he relajado escuchando el ronroneo de nuestra nueva gatita, Luna. No ha faltado el aprendizaje de los diferentes sonidos que un gallo puede hacer: Cuándo hay un peligro, cuándo hay algo rico para comer, o cuándo riñe a las gallinas que se van a dónde no deben por ejemplo. He sonreído cuando el gallo capturaba petalos de rosa y se los ofrecía a las gallinas. Está hecho todo un galán.

He gozado de la carcajada de los niños, el canto de los pájaros y el zumbido de las abejas recorriendo la pradera. El cielo de los colores más bonitos en Finnmark y en nuestra casa me ha levantado el ánimo. También ha sido emocionante ver una película desde el coche. 

Me he deleitado con riskrem con salsa de grosellas de casa. Con el sabor del cava la noche de fin año y las uvas a -11 en la terraza. Me he chupado los dedos con mejillones al ajillo. El gusto de las lágrimas saladas en los ojos también ha hecho acto de presencia este año. Y no ha faltado el calor en las mejillas mirando una buena hoguera.


Mis músculos se han mostrado al volver a nadar en la piscina, corriendo junto al río en Buvika y cortando leña. También ha habido buenas charlas, aunque algunas hayan tenido que ser a través de la pantalla. Y hasta he aprendido un poquito de sami. 

Me quedo con todos los abrazos que he recibido, pequeños o grandes, apretados o sueltos, digitales o en persona. Los abrazos valen más aún este año si cabe.

El final de 2019 se antojó muy complicado con la pérdida de mi padre. De repente entendí 100% que la vida hay que vivirla, aunque suene a topicazo. A la vez me dieron plaza para una psicóloga pública tras unos meses de espera. Por aquél entonces pensé ¿dónde te has metido alma de cántaro?. Eso de desnudarse emocionalmente ante otra persona no es nada fácil. Pero ahora veo que pedir ayuda es de lo más valiente que he hecho en mi vida. 

No puedo estar más agradecida a mi novio por insistir en conseguir una plaza, y apoyarme en este proceso. Tras un año de terapia ya tengo el alta y ahora toca seguir recorriendo el camino de la vida sin ayuda profesional. Gracias Thea por ayudarme a entenderme, aceptar mis emociones y a ver la vida con otros ojos.

Es en las rutinas diarias donde la vida cobra sentido. Ahora entiendo mi pasión por las novelas sobre cosas cotidianas y mi afición por escribir. Así que seguiré escribiendo sobre las pequeñas cosas de la vida con mayor o menor fortuna, pero con unas intensas ganas de vivir. 

Siento que este 2020 he dado un gran salto, y presiento que seguiré saltando. Como las ranas. De charca en charca. Porque la curiosidad y las ganas de aprender siempre me acompañan.

Adiós 2020. Bienvenido 2021.

sábado, 26 de diciembre de 2020

Blanca Navidad

Diciembre es el mes más oscuro del año en Noruega. Eso tiene una magia especial. Es llegar diciembre y se despierta una auténtica pasión por las actividades de adviento. O la cuenta atrás para la Navidad. 
 
Algunos optan por el tradicional calendario de adviento con sus chocolatinas, otros lo hacen ellos mismos y ponen regalos sencillos y actividades. También esta de moda el elfo travieso como tercera opción.  Yo me uno al segundo grupo. No ha faltado un chocolate caliente, un baño de burbujas o talleres diversos. Y también algunos regalitos en forma de experimentos. De pequeña me chiflaba el Cheminova, no lo puedo evitar. 
 
También ha sido especial poder ver a un grupo reducido de amigos durante este diciembre y leer el calendario de adviento digital de Irma.
 
La primera cosa que llama la atención en el adviento es la llegada de las mandarinas y naranjas a las tiendas. Nada más y nada menos que valencianas. Jugosas y riquísimas se encuentran los boles de las casas, el trabajo y otros lugares. 
 
 
Algo que no puede faltar tampoco son las galletas de jengibre. Y si son caseras mejor que mejor. Aquí montamos un taller con los niños. A mí personalmente me gusta más la masa que las galletas horneadas (ejem), pero la casita la devoro.
 
 


No tengo remedio, así soy yo. Dedos y pelo pringosos me acompañan ese día. Igual que el día que hacemos caramelos caseros. Los niños los empaquetan y se los regalan a sus amigos más cercanos con felicitaciones hechas a mano.

 
Los adornos también son importantes. Y las velas toman protagonismo. La tradición dice que hay que encender una vela lila cada domingo de adviento. Cuando llega la cuarta semana queda un candelabro muy curioso con las velas de diferentes tamaños. 
 
 
Este año también nos decidimos por hacer una corona navideña. Como una actividad del calendario de adviento. Cogimos ramitas del bosque de casa y piñas. Quedó bonita. También compramos unos pajaritos artificiales en una tienda. Y la colgamos en la puerta. 
 
Y cómo olvidar los enanitos o nisse de Navidad. Los encargamos a un artesano como sorpresa para los chicos. Lucen muy hermosos en la puerta de casa.
 
 
Una tradición noruega que ocupa una buena parte de diciembre es la preparación de pequeños pasteles o galletas. La costumbre manda siete tipos diferentes y se comen en la víspera de Navidad. Nosotros hemos preparado unos cuantos. He aquí la mesa de postre dulce / salado de este año.
 

Y como esta casa es multicultural hemos incluído el turrón español también. Fue divertido y curioso prepararlo. Este año también nos ha acompañado el tió de Nadal catalán. El pequeño se fue afuera y él mismo lo montó todo. Somos un machichembrado cultural y me siento orgullosa de ello. 
 
 
El árbol también es importante. Es muy especial poder elegirlo del bosque de casa. Y ya es toda una tradición serrarlo manualmente entre Asbjørn y el pequeño. Mientras el mayor y yo  sujetamos el abeto. En Noruega hay la costumbre de adornarlo el mismo 24 de diciembre. Con las bolas, manualidades y todo lo que a uno de se le antoje.
 

 

 Las bolas del árbol son la diversión máxima de las gatas, Luna y Stjerna,que se divierten descolgándolas.
 
 
 
A nuestras gallinas y al gallo les obsequiamos con trigo anudado o julenek. Los adolescentes de las escuelas lo venden para recaudar fondos para viajes y actividades. El gallo, Leopold, se emocionó mucho e hizo el ruidito de delicatessen a la vista. Y con eso tenía a las  siete gallinas como locas tras él. 
 

Todas las gallinas y el gallo tienen nombre. Las mías se llaman Bonica y Lluvia. A Asbjørn le ha tocado el gallo Leopold y la saltarina Ninja. Las del mayor se llaman Tåke (significa niebla y es la favorita del gallo) y Turbo (la jefa de las gallinas). Y las del pequeño, Fluffy (significa esponjosa) y Tuppa (un apelativo noruego cariñoso para las gallinas). 

Y llegó el 24 de diciembere con mucha nieve. Regalo de la naturaleza. Guerra de bolas de nieve y yo posando. Me encanta el rojo y el blanco. Es gracioso ser un poco presumida a veces.
 

 
Celebramos el 43 cumpleaños de Asbjørn con un buen desayuno y regalos por la mañana. No faltó una horita del especial de Navidad con cortos de clásicos de Disney en la televisión pública, y lectura de los julehefter (cómics de Navidad de personajes populares como el Pato Donald). 
 
Y como por arte de magia, se asomó la Nochevieja con su pinnekjøtt (carne de cordero a la noruega) y otros manjares. Acompañado de agua, jugo y cerveza casera. Y un licor típico noruego que se llama "aquavit" y porto.
 
 

Luego el turno de los regalos. Especial mención al vinilo que me regaló Asbjørn, de Manel. Un grupo catalán que me encanta. Los niños se hicieron también un detalle entre ellos. Fue especial verlos tan emocionados con la cara del otro al abrir el regalo.
 
Ayer, el mismísimo 25 de diciembre, me lancé  a cocinar un plato típico catalán (caldo de Nadal o sopa de galets).  Por primera vez en mi vida. Con pollo de nuestra granja. Divertido hacer de detective para encontrar la pasta de galets en Noruega. Y aprender que en Italia tienen la misma pasta y se llama "lumaconi". Más suerte aún descubrir hay lumaconi o galets en algunos supermercados noruegos. En la sección de productos de otros países. 
 



Al cocinar el caldo ayer me vino el olor de la Navidad de la casa de mis padres en Barcelona. Recordé a mi madre con su delantal y a mi padre poniendo orden entre los nietos. La algarabía de las charlas familiares. Pensé en lo que extraño a mi gran familia allí. En las ganas de abrazarlos. De hablar de todo y nada. Hoy los he visto a través de la cámara.  Se respiraba alegría y buen rollo. Y me he puesto muy contenta. Al colgar tenía los ojos empañados. Ya hace nueve meses que no los veo por las restricciones del Corona, pero a ver si el 2021 nos brinda la oportunidad de estar juntos de carne y hueso. Al menos para cuando llegue mi nueva sobrinita, Arlet, la próxima primavera.
 
Aunque los niños no son muy pequeños, con nueve y doce años viven de una forma muy positiva y con mucha ilusión el adviento y las fiestas. Nos reímos con el Julekalender, una serie de adviento noruega de lo más graciosa. Bailan con el vinilo de Michael Jackson. Gritan y alucinan cuando prueban la comida navideña o abren regalos. Dicen cosas que alegran a una el día.
 
 
Y yo pues me emociono. Con mis tres chicos bien elegantes y nuestros animales. Viendo que consigo preparar platos tradicionales, y que tengo una familia que es un tesoro.
 
 
Realmente ese es el regalo más hermoso. La compañía y el celebrar la vida juntos. No en vano Spotify me dio "Eso que tú me das" como la canción más escuchada del 2020.

Hoy hemos comido restos navideños y hemos ido a esquiar un poquito. Aún quedan algunos días de vacaciones, hasta el día 3 de enero este año. 
 
Felices fiestas a todos.