Nunca me había sentido tan bien con unos pantalones como los de trabajar en el jardín. Con múltiples bolsillos a los lados para todas las herramientas, cinturilla regulable y con sitio para un cinturón decente. Así me encontraréis en el jardín botánico. Acompañada de un cubo con aún más artilugios. La guardiana del jardín está lista para un viernes de trabajo en el jardín botánico.
Ya llevo casi tres semanas como aprendiz de jardinería y la semana pasada empecé a sentir una gran ligereza en el cuerpo. Un sentimiento de amor propio diferente ha brotado dentro de mí. Fuerte, sólido e irreconocible. Aunque de momento me deslumbra y se hace raro, espero que se quiera quedar conmigo toda la vida.
Además el sol hizo acto de aparición en la comarca donde vivo. Teniendo en cuenta que estoy en la región con más lluvia este verano, no está nada mal. Tendríais que habernos visto a una colega y a mí por el bosque del jardín. Nos reíamos como locas. Por el buen tiempo. Por la vida. Luego llegamos al departamento de las perennes. Les hicimos un sitio más hermoso sacando las ortigas y los cardos que las acuciaban.
Más tarde y mientras sacábamos las patatas de temporada de la tierra, vino una mujer mayor con su teléfono. Me explicó con Google Translate que era una refugiada por la guerra de Ucraina. Y yo le iba contestando. Me dio las gracias por el jardín botánico. Que le da la vida y que es tan importante para ella. Otra señora, ya jubilada, me contó que había trabajado con plantas toda la vida y me deseó mucha suerte. Encuentros casuales que valen todo el oro del mundo.
Esta semana he estado de curso teórico de dos días para aprender algunas formalidades como nueva empleada. Tenía que estar muy sentada y quieta y escuchar y escuchar... Como en la escuela o en mis anteriores trabajos de oficina. La verdad es que ha sido difícil, pero me han dejado hacer más pausas de lo normal. Por suerte, el trabajo activo será el protagonista en mi nueva vida laboral.
Alguien me dijo hace poco que la vida no es tan diferente del jardín. Que a veces hay que quitar las malas hierbas de nuestras vidas para poder respirar. Y otras veces debemos regalarnos un poco de abono. Para florecer mejor y estar realmente con nosotros mismos. No está nada mal la metáfora.
Hasta la próxima

