sábado, 6 de junio de 2026

Comunidades verdes

Hace pocos días observé algo curioso en la granja. Junto a las ovejas, el carnero, sus corderitas y el único corderito de este año, había un cuervo.  Picoteaba la hierba y los restos del complemento alimenticio que toman las ovejas tras el parto.  El mismo cuervo sigue viniendo casi todos los días y parece como uno más del rebaño. Las gallinas también se mezclan con ellas y de vez en cuando encontramos huevos en los sitios más variopintos.

 

Mientras miraba a los animales, me vino a la cabeza la palabra noruega "fellesskap" (comunidad, colectivo). Una palabra que me encanta tanto por sus connotaciones como por su sonido. 

Pensé en mi grupo de estudiantes de jardinería. Todos distintos y unidos por una pasión común. Se me apareció la cena de tapas españolas y noruegas que organizamos en abril en el internado de la escuela. Con los maestros incluídos. Visualicé los buenos momentos del viaje de fin de curso en la zona de Stavanger en mayo. Allí aprendimos sobre verduras, frutas, flores, abono, abejorros e infinidad de cosas más. Y allí también, me temblaron las retinas con las emocionantes palabras que recibí,  tanto de mis compañeros como de la maestra el último día. 

Ahora esa comunidad sigue digital dado que ya hemos acabado los dos años de estudio, pero hay planes para encontrarnos en persona tarde o temprano. Y tachán, como por arte de magia, he encontrado otro colectivo jardinero en Trondheim. Todo ello gracias a las prácticas que estoy haciendo en el jardín botánico de la ciudad.

El grupo lo conforman un jardinero, dos jardineras, una botánica y un arborista. Además de voluntarios y estudiantes de jardinería en prácticas como yo. Todos enormemente comprometidos e interesados en plantas y animales. Dan ese calor humano que alberga tanto el sentido de pertenencia como de gratitud por los demás.

En el jardín botánico, me paso los días sembrando en el invernadero, cultivando y arreglando diferentes parterres en el exterior y mucho más.  Mientras estoy en una postura poco elegante (con el culo en pompa) poniendo plantitas y arrancando malas hierbas, se acercan a mí más de uno y de dos. Preguntan por las plantas. Suelen hablar sobre su jardín, y a veces sobre la vida. En esas pequeñas charlas encuentro siempre un motivo para sonreír y aprender. 

Aquí me tenéis en el invernadero del jardín botánico con un olivo. La foto es de una compañera sueca que estuvo unas semanas en prácticas, Linda. Podéis ver su hermoso catálogo de fotos si pincháis aquí. Hicimos buenas migas y vino a visitarme a la granja. El colectivo jardinero es, sin duda, de lo más hermoso.

Me hace feliz ver a la gente tomando fotografías de flores, arbustos, árboles y plantas aromáticas, a los enamorados sentados en los bancos, a amigas enzarzadas en charlas emocionantes. O a los grupos de jubilados y estudiantes, que atienden a charlas de jardinería e insectos, y a personas que se traen su libro y algo para picar.

En tres semanas acabo las prácticas. Pronto sabré más sobre mi futuro profesional.  Todo lo bueno se hace esperar quiero pensar. Agradecida por todo el aprendizaje y conmovida por todas las personas que me habéis apoyado y seguís apoyando en este cambio de ruta.

Mientras tanto trabajando en la huerta y en el invernadero de casa, y dejando atrás un mes de mayo de lo más ajetreado. Con la confirmación de Adrià (muy emocionante),  los nacimientos de los corderitos, una oveja que se nos puso malita y la pérdida del gallo Capitán. La vida de granja tiene para todos los gustos y colores, pero no la cambiaría por nada del mundo.

domingo, 1 de febrero de 2026

El cobijo de los abetos

Nuestra granja se llama Granly gård. Ly es cobijo, gran significa abeto. Y gård seguro que ya lo habéis adivinado: Granja.  Y voilà. Ya tenemos título para esta entrada bloguera.

El abeto es el árbol que predomina aquí. Alto, simétrico, verde que te quiero verde, todo el año. Cuando sopla el viento a toda mecha en el fiordo del pueblo, los abetos paran la furia en nuestro hogar a 225 metros de altitud.

 

 

Es curioso también observar que el abeto es uno de los árboles favoritos de las ovejas y los corderos. O las gatas. Cuando llueve a cántaros o caen chuzos de punta es su mejor abrigo. Yo también lo he probado. Es sentarse debajo  de sus ramas, y sentir el abrazo de  un paraguas gigante. Un albergue para todo el cuerpo. Junto a su olor, me siento en la  hospedería más chiquitita y hermosa del mundo. Al menos, a mí me lo parece.

En primavera llegan los nuevos brotes en las ramas. Dos tonalidades de verde en la misma rama. Me gusta probar la puntita. Es tierna, con un sabor especial y al parecer, tiene algunos beneficios para la salud. 

Asimismo las ramas arropan a los pájaros de todos los tamaños y colores. Por las noches tienen la voz de las lechuzas. Durante el día los carboneros se marcan buenas fiestas allí.  Un regalo para los oídos.

Por ello, me he decidido a hacer mi próxima entrega del estudio de jardinería sobre los abetos. Entre 6-10 páginas sobre cómo producirlos. Eligiendo lo que me emociona y lo que me ampara, es cómo me siento más feliz.

 

 

Acabo los estudios en Hardanger este verano. Junto a una asesora pública y mi doctora de cabecera, estoy empezando a trazar mi camino tras la vida de estudiante. Por lo pronto, hay algo más de burocracia y pruebas de lo esperado, y mi cabeza anda muy loca. Con varias posibilidades abiertas y sigo en el proceso de ir soltando.

Para soltar ha sido importante para mí el tener un lugar seguro. Además de a la granja, quiero dar las gracias a las personas mágicas que me estáis acompañando en este proceso. Por esos reels, mensajitos de aliento, interés genuino, tés, pastelitos, abrazos y apoyo. Agradecida porque me ayudáis a creer en mí y en que ser yo misma vale la pena. Porque véis lo invisible. Me siento afortunada de que estéis en mi vida.

Hasta la próxima 

viernes, 12 de diciembre de 2025

47 vueltas al sol

De nuevo dos de diciembre y agradecida a la vida. Nada más y nada menos que cuarenta y siete vueltas al sol.  Un año lleno de aprendizaje en nuestra granja - especialmente en la huerta: La llegada de las coles, el brocoli, las zanahorias, las remolachas, las lechugas,  las fresas y mis tomatillos, entre otros, me han hecho sentir muy orgullosa este año. Aviso: spam hortícola al canto en las próximas líneas.

 

Las caléndulas y las capuchinas han teñido de colores, insectos y mariquitas a nuestro cachito de tierra.

 

Nos hemos lanzado a hacer conservas de remolacha y calabacín en vinagre en familia con especies diversas 
 
 
E incluso aquí la menda se ha atrevido a hacer pesto casero con las capuchinas. 

También he sentido el calor de estrechar la relación con los otros estudiantes en el grupo de jardinería.  Segundo año de estudio. Y ahí estoy.  La práctica me cuesta menos que la teoría, pero pasito a pasito lo estoy consiguiendo. La de plantas, flores, y árboles que hay en mi cabecita. Y  cómo olvidar el disfrute con las manos en tierra en las prácticas del vivero. El último día me dieron una tarjeta regalo para comprar plantas y una carta de recomendación muy bonita.

¿Qué más me ha traído el año? Polvorón me ha enseñado lo que es ser madre de un bebé de nuevo. Menudo bicho, travieso y encantador a partes iguales.

He recibido visitas especiales. Mucha ilusión votando en mis primeras elecciones generales noruegas y celebrando la nacionalidad noruega de Adrià.  Y también me he dado cuenta de cómo pasa el tiempo, y de que Arnau ya pronto es mayor de edad.

No falté al VM de esquí en Trondheim junto a mis chicos. Un tiempo de perros pero un gran experiencia. Había dos esquiadores españoles y venga a jalearlos ( sí yo un poco loquilla les gritaba "guapoooos"),  además de animar a los locales noruegos.

Asimismo he procurado obsequiarme con algunos homenajes, sola y en compañía. A través de encuentros sencillos, conversaciones que acompañan, pastelitos ricos (ay esa tarta sacher) y algún que otro espectáculo. Escuchando mis vinilos. Con abrazos de los buenos. Con bailes divertidos. Con más yoga que otros años (quién me lo iba a decir pero me he hecho asidua a yin yoga y mindful yoga). 

Especialmente emocionante fue ser invitada a una pequeña fiesta con amigas que se muestran tal y cómo son.  Todo ello el mismo día en que el Amy hacia estragos en Noruega. También me viene a la mente el recuerdo de algunas excursiones y escaladas. Un sentimiento de paz y de gratitud cuando mi cuerpo funciona.

 

 

Tras mi cumple, en plena época de  bajada de la luz solar, me estoy dedicando a la caza del sol básicamente (ejem)

El año pasado me abracé. Este año he soltado las expectativas, tanto las propias como las impuestas. A fuego lento, y no exento de dificultades. Estas cosas no se hacen de un día para otro.  Al cabo de un tiempo de soltar, la necesidad de más descanso apareció y parece que entiendo mejor cómo regular la fatiga.

Me he ido despegando más de internet. Y tachán, más tiempo para montones de lecturas y algunas películas. Mejor sueño también. Tampoco han faltado hogueras en la naturaleza y junto a la estufa de leña de casa. O algunos churros y panes caseros. 

No todos los días han sido un camino de rosas. Lo más duro ha sido aceptar y regular mi energía cuando el cuerpo no ha respondido. Tomar pausas. Poner límites. El decir que no, incluso a planes que me gustaban. El ir a contracorriente en el mundo actual, donde una buena parte de la sociedad glorifica la cultura de la prestación, el agotamiento y el no tener tiempo. 

¿Qué le diría al espejo este año? Que estoy aprendiendo a reconocer mi propia fuerza, a exigirme menos, a saborear los momentos, a perder la necesidad de justificar cada paso que doy, a rodearme de personas que me hacen bien. Y lo más hermoso, a decirme que sí a mí misma y a mostrarme como soy, sin tapujos.

Hasta la próxima 


martes, 25 de noviembre de 2025

¿Tinder granjero?

Hace poco me llegó un mensaje a mi Messenger. Un granjero se preguntaba si podría estar interesada en un carnero. Y a tan sólo media hora de casa en coche. Confieso que este año nos había pillado el toro. 

La fatiga ha hecho acto de aparición de nuevo. Llevo unos meses inestables y complicados, donde me veo obligada a tomar el día según viene. Y quién hace lo que puede no está obligado a más, que reza el popular refranero. 

Pero vayamos al tajo:  Estamos a noviembre, el mes del apareamiento, y sin novio para las ovejas. ¿Qué hacemos este verano y este otoño sin corderitos? Si la granja es una de las cosas que me da la vida.  

 
Lidia y Bolivia. Foto tomada por mi hermana María, que nos visitó con su familia este otoño :-)

Sin más dilación,  me decidí a poner un anuncio en el grupo de Facebook para encontrar a un donjuan para las ovejas. Lo confieso, mis medios sociales en internet son grupos de plantas y animales básicamente.  

Al fin llegó el match. El proceso fue divertido. El granjero me envió tres fotos de tres machos diferentes. Tendríais que haber leído la conversación y escucharnos hablar por teléfono. Que si la lana, la cara, los cuernos, las patas...sin faltar la cuestión obvia, el paquete. 

El domingo lo recogimos Asbjørn y yo y le pusimos el nombre más sencillo que se me ocurrió. Como sucesor de Guapo, no podía ser otro que: Bombón. Es jovencito, tiene seis meses.

A ver si hay suerte este año y, aparte de corderitos, podemos tener al carnero unos años. Bienvenido a la granja, Bombón.

Hasta la próxima, mi gente

miércoles, 30 de julio de 2025

Un safari improvisado

Cuando una menos se lo espera llegan las aventuras. La previsión meteorológica es perfecta para estas tierras y una de las excursiones en la lista de deseos del verano es Dovrefjell. Mis compañeros de ruta,  Asbjørn y Adrià. Partimos hacia allí un día de julio. 

Llanuras rodeadas de montañas y riachuelos formados por la nieve que se derrite son nuestro paisaje. Caminos arenosos, pedregosos o con hierba nos guían hacia el destino.


 
Tras varias horas de caminata acampamos junto a un lago. Un estofado de reno en la cocinita sueca calmó los estomágos hambrientos.
 
Con los pies en llamas (al menos yo), nos acostamos con gusto en nuestros sacos de dormir. La noche no fue tranquila debido a una tormenta inesperada. Eso hizo que nos acurrucáramos más aún dentro bien pegaditos. El instinto humano.

Al día siguiente, nos decidimos por tomar un día tranquilo. Mejor pernoctar bajo techo por si acaso nos sorprendía una nueva tormenta. A unos cuatro kilómetros de allí se encuentra la famosa cabaña Reinheim de DNT.  Allí nos acogió el guarda del verano, un hombre muy simpático que trabaja allí dos semanas al año. 

Las cabañas de DNT son para compartir y tienen varias habitaciones. A nosotros nos tocó una de cuatro personas y no vino nadie más al final. La ocupamos enterita con nuestros mochilones. 

Al salir de la cabaña  al mediodía, observamos unas manchitas que se movían junto al río. Con los prismáticos divisamos nada más y nada menos que a una familia de toros almizcleros: Padre, madre e hijo. Con sus cuernos ondulados, un pelaje largo y hermoso y una figura que recuerda al mismísimo mamut.   

Luego decidimos bañarnos en otro pequeño río. El agua estaba como un cubito de hielo. Pero habiéndome remojado en el fiordo de Hardanger este invierno no podía rajarme delante de mis chicos. Así que los tres nos metimos dentro. 

Al cabo de unos cinco minutos tuvimos que salir por patas. Y es que a 100 metros de distancia, hizo acto de presencia un imponente toro almizclero. Es un animal salvaje,  generalmente pacífico, pero hay que guardar la distancia igualmente. Si se sienten amenazados pueden embestir.

 

Rápidos como el viento, nos dirigimos a una roca a unos 200 metros para poder observar a tan maravillosa criatura. Estuvimos un par de horas viéndolo acicalarse, bañarse y más tarde reunirse con un grupo de seis toros que estaban tomando el sol en un pequeño charco de nieve. Emoción genuina.

Por la noche, estuvimos en la sala común  de la cabaña. Y cosas mágicas suceden cuando no hay cobertura ni datos en el teléfono. La gente habla y se oyen risas, el roce de las barajas de cartas, o los platos en la cocina. Un calor humano que arropa el alma.

Me siento afortunada por este safari improvisado. Al día siguiente excursión de vuelta. Ya en casa pensé que mi vida es como un safari. Pero eso ya da para otra entrada.

Hasta la próxima 

jueves, 19 de junio de 2025

Hablar con las plantas

Flores y plantas me han acompañado de una manera especial estos últimos meses. Por fin puedo decir que he pasado el primer año del estudio de jardinería. El examen duró cinco horas. Todo práctico excepto una media hora oral. El examen práctico fue en grupos de cinco. Toda una experiencia. 

                                     El hermoso rododendro de la escuela

Estudié y practiqué en casa. Luego tuvimos tres días en grupo para practicar como colectivo.  Nervios, risas y lágrimas pero lo logramos. En la prueba tuvimos que plantar árboles, hacer esquejes, de peluqueros de plantas churruscadas...Y por si fuera poco, de expertos en malas hierbas.

                                           Flores de manzano en la escuela

Cuando me tocó el examen oral estaba bastante inquieta. Como buen libro abierto que soy y por la química que ya nos une, mis compañeros lo notaron. Una estudiante del grupo me dio un abrazo y me hizo un pequeño masaje capilar antes de que entrara. La verdad es que me conmovió y me encantó a partes iguales. 

Fue mucho mejor de lo que creía dentro de mí. La profesora y el censor me hicieron sentir como en casa. Tenían la mesa y las etiquetas con diferentes temas en medio de un invernadero de la escuela. Olía de maravilla y ambos eran cercanos y acogedores. Koselig! Entonces di rienda suelta a todo lo que sabía. 

Ahora ya con ganas de empezar el segundo y último año del estudio de jardinería en agosto. Será más práctico aún y eso me llena de ilusión. De momento y mientras espero, estoy en prácticas de jardinería cerca de casa. Dos días a la semana en un invernadero local. Os cuento pronto en otra entrada.

 
Este año aprendimos a cultivar patatas con la ayuda de un pequeño tractor y una máquina de poner patatas

Para celebrarlo, de camino hacia casa, me regalé una sopa de bacalao y unos mejillones en el mercado del pescado de Bergen. Estaba como flotando. Dormí como un lirón en un albergue allí, pues tenía el vuelo al día siguiente. Pernocté en una habitación compartida con otras dos chicas, ambas desconocidas. Una americana y otra japonesa, muy amables. Una pequeña aventura backpacker para mí. 

Al día siguiente llegué a Trondheim, agotada pero muy feliz. Asbjørn me esperaba con vino y chocolate. Y dos días después nos fuimos dos días y una noche a acampar a la zona de Innerdalen. Con excursión y visita a un arboretum incluída. A celebrar la vida, que es bien valiosa.


Hasta la próxima 

viernes, 28 de marzo de 2025

¿Quién dijo frío?

En la escuela de jardinería en Hardanger, aparte de aprender mucho (ahora estamos con los injertos), también hay actividades de ocio. De las que que más me han gustado por ahora son los baños de hielo. 

Allí en el pueblo dónde reside la escuela hay una sauna junto al fiordo. Se calienta con leña y  te puedes bañar afuera. En febrero, me armé de valor y decidí probar un baño helado junto a los demás estudiantes. 

Primero rompimos el hielo un poco con una pala para preparar la zona de baño. Luego nos fuimos adentro a sudar la gota gorda. 

El calorcito de la leña que chisporroteaba en la estufa y las vistas a la montaña me regalaron armonía. Bien sudados, llegó la hora de salir al exterior y lanzarse la aventura.

 
Nada más y nada menos que Lidia on the rocks

Ay, ay, ay el agua estaba fría, o mejor dicho: helada. Noté una sensación intensa de los pies hasta la cabeza en contacto con el agua.  Me enseñaron algunas técnicas de respiración que me ayudaron a disfrutar del baño. Dormí como una reina aquella noche. Una paz mental indescriptible. 

En marzo repetí de nuevo. Tanto en la escuela como en un riachuelo cerca de casa. Me encantó.

                    Un rincón mágico a tan sólo un cuarto de hora de casa a pie 

¿Me estaré volviendo una vikinga? Hasta la próxima y gracias por leerme.