lunes, 27 de julio de 2026

No dejes de remar

"Ro, ro, ro" ("Remad, remad, remad")

Este ha sido el lema para animar a la selección Noruega en el Mundial de Fútbol del 2026. No soy muy futbolera, pero reconozco que la emoción que se le ha puesto en tierras escandinavas ha hecho algo conmigo. Se ha creado una hermandad insólita en todo el país. Da igual que uno viva en el norte o en el sur. Todos remando a una y a la par por la nación. 

Pena que la selección noruega no llegó tan lejos como anhelaba. En mi interior, se albergaba el sueño de una final noruega-española. Lo que quizás más me sorprendió es la reacción noruega al ser eliminados. Ni destrozos, ni peleas, ni insultos. Organizaron una remada general en Oslo para recibir a los jugadores. Hasta el príncipe tocaba el tambor. La verdad es que me siento orgullosa de formar parte de la sociedad noruega. Y también de la de mi país de origen. Os cuento ya mismo.  

La confusa y prolija burocracia tributaria española me dió el susto de tener que viajar de urgencia a España. A por documentación. En un plazo bastante corto. Tras varias semanas intentando solucionar el tema digitalmente desde la granja, me dijeron que esto sólo se podía arreglar de manera presencial.  El único sitio con horas disponibles para hacerlo era en Cádiz. 

Fue un jaleo todo el tema, pero conseguí girar la situación y convertirla en un viaje de lo más especial. Dejamos a Adrià  a cargo de la granja, y Asbjørn y yo nos fuimos cuatro días para allí. 

Cogimos unos vuelos a Málaga y alquilamos un coche para poder movernos con más facilidad. Nuestra base de geográfica estaba situada en el blanco pueblo de Arcos de la Frontera, en un hotel muy acogedor.  Con la presencia de cigüeñas, que a mí siempre  me  han parecido de lo más místicas y hermosas.

 

 

La gestión en cuestión costó más o menos una hora de hacer.  La policia de Cádiz se mostró muy hospitalaria y relajada. Llevaba una de nervios que para qué, y fue muy bueno encontrarse con personas humanas detrás del mostrador.

Los días pasaron volando haciendo la ruta de los pueblos blancos. Entre colinas, castillos, muros,  girasoles, olivos y buena comida. Con la suerte de poder visitar maravillas como Arcos de la Frontera, Zahara de la Sierra, Setenil de las Bodegas o Grazalema. Sin olvidar la cueva de la Pileta. 


 

 

Un día nos lo guardamos para Gibraltar y allí me derretí literalmente - por el calor y por los macacos. Son unas criaturas excepcionales. Se cuidan los unos a los otros y protegen con fervor a los más pequeños. Una niña inglesa nos dijo con los ojos brillantes "there are baby monkies here". Esa carita de felicidad aún la retengo en mi mente.

También me hizo mucha ilusión ver a Asbjørn comiendo tanto jamón del bueno sin que las ganas menguaran. O bebernos el salmorejo como el agua. Tomar fotos y disfrutar de los pequeños momentos. Sin duda, uno de los más únicos fue poder ver la victoria de La Roja en el parque de Arcos de la Frontera. Con mi vestido rojo, una cañita, el fulgor de la gente,  y el orgullo de poder celebrar tamaño logro en mi otra casa. Todos juntos. Sin importar de dónde viene uno. Liberador que desaparezcan las etiquetas.

Una vez más mis dos mundos convergen. Y, aunque me ven cara de guiri tanto en un sitio como en otro, sentí algo muy fuerte dentro de mí.  En este viaje pensé mucho en mi padre. Tanto por los motivos que me llevaron a hacer este periplo, como por su pasión por el fútbol.

Antes de volar hacia Noruega de nuevo, visitamos el jardín botánico de Málaga. Muy exótico. Me fijaba en todo. Gajes del oficio y como inspiración para mi nuevo trabajo. Os traigo una muy buena nueva: Me han contratado dos años en el jardín botánico de Trondheim.  Empiezo en agosto. Se abre una nueva etapa para esta mariposa remadora.

Hasta la próxima. Espero que pronto llegue mucha lluvia a España y se acaben los incendios.

sábado, 6 de junio de 2026

Comunidades verdes

Hace pocos días observé algo curioso en la granja. Junto a las ovejas, el carnero, sus corderitas y el único corderito de este año, había un cuervo.  Picoteaba la hierba y los restos del complemento alimenticio que toman las ovejas tras el parto.  El mismo cuervo sigue viniendo casi todos los días y parece como uno más del rebaño. Las gallinas también se mezclan con ellas y de vez en cuando encontramos huevos en los sitios más variopintos.

 

Mientras miraba a los animales, me vino a la cabeza la palabra noruega "fellesskap" (comunidad, colectivo). Una palabra que me encanta tanto por sus connotaciones como por su sonido. 

Pensé en mi grupo de estudiantes de jardinería. Todos distintos y unidos por una pasión común. Se me apareció la cena de tapas españolas y noruegas que organizamos en abril en el internado de la escuela. Con los maestros incluídos. Visualicé los buenos momentos del viaje de fin de curso en la zona de Stavanger en mayo. Allí aprendimos sobre verduras, frutas, flores, abono, abejorros e infinidad de cosas más. Y allí también, me temblaron las retinas con las emocionantes palabras que recibí,  tanto de mis compañeros como de la maestra el último día. 

Ahora esa comunidad sigue digital dado que ya hemos acabado los dos años de estudio, pero hay planes para encontrarnos en persona tarde o temprano. Y tachán, como por arte de magia, he encontrado otro colectivo jardinero en Trondheim. Todo ello gracias a las prácticas que estoy haciendo en el jardín botánico de la ciudad.

El grupo lo conforman un jardinero, dos jardineras, una botánica y un arborista. Además de voluntarios y estudiantes de jardinería en prácticas como yo. Todos enormemente comprometidos e interesados en plantas y animales. Dan ese calor humano que alberga tanto el sentido de pertenencia como de gratitud por los demás.

En el jardín botánico, me paso los días sembrando en el invernadero, cultivando y arreglando diferentes parterres en el exterior y mucho más.  Mientras estoy en una postura poco elegante (con el culo en pompa) poniendo plantitas y arrancando malas hierbas, se acercan a mí más de uno y de dos. Preguntan por las plantas. Suelen hablar sobre su jardín, y a veces sobre la vida. En esas pequeñas charlas encuentro siempre un motivo para sonreír y aprender. 

Aquí me tenéis en el invernadero del jardín botánico con un olivo. La foto es de una compañera sueca que estuvo unas semanas en prácticas, Linda. Podéis ver su hermoso catálogo de fotos si pincháis aquí. Hicimos buenas migas y vino a visitarme a la granja. El colectivo jardinero es, sin duda, de lo más hermoso.

Me hace feliz ver a la gente tomando fotografías de flores, arbustos, árboles y plantas aromáticas, a los enamorados sentados en los bancos, a amigas enzarzadas en charlas emocionantes. O a los grupos de jubilados, adolescentes y estudiantes, que atienden a charlas de jardinería e insectos. Y como olvidar a las personas que se traen su libro y algo para picar, o que simplemente vienen con las manos vacías y los cinco sentidos abiertos.

En tres semanas acabo las prácticas. Pronto sabré más sobre mi futuro profesional.  Todo lo bueno se hace esperar quiero pensar. Agradecida por todo el aprendizaje y conmovida por aquellas personas que muestran interés genuino y me apoyan en este cambio de ruta.

Mientras tanto trabajando en la huerta y en el invernadero de casa, y dejando atrás un mes de mayo de lo más ajetreado. Con la confirmación de Adrià (muy emocionante),  los nacimientos de los corderitos, una oveja que se nos puso malita y la pérdida del gallo Capitán. La vida de granja tiene para todos los gustos y colores, pero no la cambiaría por nada del mundo.

domingo, 1 de febrero de 2026

El cobijo de los abetos

Nuestra granja se llama Granly gård. Ly es cobijo, gran significa abeto. Y gård seguro que ya lo habéis adivinado: Granja.  Y voilà. Ya tenemos título para esta entrada bloguera.

El abeto es el árbol que predomina aquí. Alto, simétrico, verde que te quiero verde, todo el año. Cuando sopla el viento a toda mecha en el fiordo del pueblo, los abetos paran la furia en nuestro hogar a 225 metros de altitud.

 

 

Es curioso también observar que el abeto es uno de los árboles favoritos de las ovejas y los corderos. O las gatas. Cuando llueve a cántaros o caen chuzos de punta es su mejor abrigo. Yo también lo he probado. Es sentarse debajo  de sus ramas, y sentir el abrazo de  un paraguas gigante. Un albergue para todo el cuerpo. Junto a su olor, me siento en la  hospedería más chiquitita y hermosa del mundo. Al menos, a mí me lo parece.

En primavera llegan los nuevos brotes en las ramas. Dos tonalidades de verde en la misma rama. Me gusta probar la puntita. Es tierna, con un sabor especial y al parecer, tiene algunos beneficios para la salud. 

Asimismo las ramas arropan a los pájaros de todos los tamaños y colores. Por las noches tienen la voz de las lechuzas. Durante el día los carboneros se marcan buenas fiestas allí.  Un regalo para los oídos.

Por ello, me he decidido a hacer mi próxima entrega del estudio de jardinería sobre los abetos. Entre 6-10 páginas sobre cómo producirlos. Eligiendo lo que me emociona y lo que me ampara, es cómo me siento más feliz.

 

 

Acabo los estudios en Hardanger este verano. Junto a una asesora pública y mi doctora de cabecera, estoy empezando a trazar mi camino tras la vida de estudiante. Por lo pronto, hay algo más de burocracia y pruebas de lo esperado, y mi cabeza anda muy loca. Con varias posibilidades abiertas y sigo en el proceso de ir soltando.

Para soltar ha sido importante para mí el tener un lugar seguro. Además de a la granja, quiero dar las gracias a las personas mágicas que me estáis acompañando en este proceso. Por esos reels, mensajitos de aliento, interés genuino, tés, pastelitos, abrazos y apoyo. Agradecida porque me ayudáis a creer en mí y en que ser yo misma vale la pena. Porque véis lo invisible. Me siento afortunada de que estéis en mi vida.

Hasta la próxima