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viernes, 28 de marzo de 2025

¿Quién dijo frío?

En la escuela de jardinería en Hardanger, aparte de aprender mucho (ahora estamos con los injertos), también hay actividades de ocio. De las que que más me han gustado por ahora son los baños de hielo. 

Allí en el pueblo dónde reside la escuela hay una sauna junto al fiordo. Se calienta con leña y  te puedes bañar afuera. En febrero, me armé de valor y decidí probar un baño helado junto a los demás estudiantes. 

Primero rompimos el hielo un poco con una pala para preparar la zona de baño. Luego nos fuimos adentro a sudar la gota gorda. 

El calorcito de la leña que chisporroteaba en la estufa y las vistas a la montaña me regalaron armonía. Bien sudados, llegó la hora de salir al exterior y lanzarse la aventura.

 
Nada más y nada menos que Lidia on the rocks

Ay, ay, ay el agua estaba fría, o mejor dicho: helada. Noté una sensación intensa de los pies hasta la cabeza en contacto con el agua.  Me enseñaron algunas técnicas de respiración que me ayudaron a disfrutar del baño. Dormí como una reina aquella noche. Una paz mental indescriptible. 

En marzo repetí de nuevo. Tanto en la escuela como en un riachuelo cerca de casa. Me encantó.

                    Un rincón mágico a tan sólo un cuarto de hora de casa a pie 

¿Me estaré volviendo una vikinga? Hasta la próxima y gracias por leerme.

domingo, 5 de enero de 2025

Abrazarme

Han caído 95 cm de nieve los últimos cinco días. Imposible no sentir el abrazo apretado de la nieve.  Así que me he regalado algunas excursiones con las raquetas de nieve. Con zancadas a lo Yeti y nieve hasta las rodillas. Y también hoguera y buena compañía. Además, diversas conversaciones, algunos mensajes bonitos y postales navideñas como las de antes  me han alegrado el alma. El abrazo del fuego y  el abrazo humano. 

No ha faltado el frío y, pese a que los días andan aún cortos de luz, me he ilusionado y he disfrutado del sol en el bosque. Colándose entre las ramas y las nubes. Komorebi total o el abrazo de los que están por llegar

 

Menos luz significa más ratito de hermosas estrellas y la luz de la luna. Siempre las observo por la mañana cuando me despierto y antes de acostarme. En esos momentos siento el abrazo de los que ya no están y residen en mi corazón.

Recordando locuras maravillosas, he ido al jacuzzi de la piscina y después he salido afuera. La idea era hacer una especie de ángel en la nieve en bañador. Mi cara de susto y de frío ha hecho sonreír a más de uno. Sobretodo a Asbjørn y a Adrià. De vuelta al agua calentita los pellizquitos en la piel y la felicidad han aparecido como por arte de magia. Mi dopamina ha subido hasta las nubes. El abrazo del agua.

Me he metido de lleno en tres películas en pantalla gigante en estas fiestas.  Sumergida en una butaca ancha, blanda y reconfortante. He apretado los dientes, me he reído y he llorado. El abrazo  del cine.

 Esta película es una perla noruega que me ha conmocionado. Espero que pronto llegue a las salas españolas

Asimismo, Kioto, sus cerezos en flor y algunos pueblecitos japoneses me han hecho soñar con kimonos, platos deliciosos y lo maravilloso de conocer otras culturas. Sin duda, el abrazo de los buenos libros.

Se me aparece de repente el caldo de Navidad con su pollo, verduras, garbanzos en este momento. También un pan de banana que horneé estas fiestas. Una receta muy práctica cuando los plátanos están tan, tan maduros que se pegan en los dedos.  Irresistible junto al té de Navidad con su aroma canela, cardemomo, naranja y las famosas galletas de jengibre... Ay, ay, ay que llega el abrazo de los olores.

La mirada en el espejo de casa culmina este texto. La de años que me ha costado mirarme de verdad en el espejo y dentro de mí. Me he descubierto serena, excitada, alegre, bailonga, nerviosa, miedosa, ansiosa, emocionada, inquieta, creativa, bonita... Toda la gama y más allá. Y al fin las he abrazado a todas ellas, porque todas ellas soy yo. Abrazarme, el gran descubrimiento del año 2024. 

 
 
Bienvenido 2025. Hasta la próxima.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Mi primera acampada

Mariposas en el estómago al recibir una invitación para ir a acampar (telttur) Reconozco que siempre he dormido en cama durante mis viajes. La tienda de campaña es toda una novedad para mí. Tan sólo una vez de niña dormí en un saco dentro de una iglesia (con motivo de una salida escolar)

Siento una emoción inexplicable dentro de mí. Rápidamente se me instala ese brillo en los ojitos que me hace sentir tan viva. Como es lógico, formulo preguntas de todo tipo de chica de ciudad. La que más risas provoca es sobre el tema de lavarse el pelo. Va a ser que no obviamente.

Cuento con una lista de cosas imprescindibles. Se trata de llevar lo absolutamente necesario y pensar siempre en el peso. Cuanto menos, mejor. Eso sí: Un  jersey de lana no puede faltar en Noruega y en mi caso, los medicamentos para la alergia a los insectos.

Nos iremos moviendo con la mochila a cuestas (la mía de cincuenta y cinco litros debido a mi inexperiencia) y acampando según convenga. Además me prestan algunas cosas como el saco y el protector para dormir. Y algo que me hace una ilusión tremenda, un cuchillo noruego. Durante el viaje entiendo su enorme utilidad.


El destino elegido es Børgefjell, tierra de pesca, renos, zorros árticos y diferentes aves. Se halla a unas cinco horas en coche de Trondheim hacia el norte, más tres cuartos de hora en lancha motora. Es un territorio øde y vill (despoblado y salvaje). Esto implica que, probablemente, nos vamos a encontrar a muy pocas personas.

Antes de salir de Trondheim, es necesario comprar los mapas para orientarse durante el tur. Es gracioso porque son impermeables y hay fundas de plástico adicionales. Falta uno, pero nos indican que en una tienda de Stjørdal lo tienen y que nos esperan, aunque sea la hora de cerrar. Muy majos la verdad sea dicha.

A medio camino, parada para cenar un plato tradicional noruego y que nunca había probado antes, kjøttkaker med ertestuing (albóndigas con patatas, legumbres y salsa) Sabroso, me recordó un poco a la cocina de montaña catalana.

En algunas de las paradas del viaje observo que los carteles están escritos tanto en noruego como en sami.

La primera noche transcurrió en un camping un tanto ruidoso por la carretera que hay cerca. Allí empecé el proceso de adaptación a la tienda de campaña. Me desperté varias veces durante la noche, también en parte por la emoción del viaje.


Por la mañana dejamos el coche, y tomamos el bote hacia Børgefjell (ojo si os interesa, porque hay que reservarlo previamente)


Al estar en la naturaleza, hay que calcular, antes de tomar la embarcación, la comida que se necesita.  Todo un reto. Arroz, polarbrød, knekkebrød, chocolate, embutido, leche en polvo, té y un poco de akvavit en una petaca nos acompañan los días que pasamos allí. El agua, la de los lagos y ríos.

Al llegar la lancha a su destino, se pierde de forma automática la cobertura móvil. Apago mi teléfono y lo guardo en mi mochila. Esto sí que es desconexión total. Algo nuevo para mí, pero una experiencia más que recomendable. Tomo mi mochila a cuestas, y compruebo que es muy diferente de los tur que hago en Trondheim (con una mochila pequeña y sin apenas peso) ¿Resistiré? Le pongo todo mi empeño e ilusión. Al final del tur se confirma que camino mucho mejor y más segura, aunque aún me queda por aprender.

El recorrido permite alternar bosque y montaña. La zona boscosa cuenta con caminos hechos con el paso de otra gente. Me emocioné al observar que estábamos rodeados de multer (moras árticas) en proceso de maduración (a la vuelta algunas ya listas para consumir nos hicieron las veces de merienda) Para mayor felicidad divisé también una flor que crece en grupo y que me tiene fascinada desde que la vi en Bymarka. Se llama myrull. Es blanca, suave y liviana. Su sencillez la hace realmente única y especial.


El bosque me pareció más complicado de recorrer por la abundante vegetación y el lodo acumulado en algunos tramos del sendero. Una de las veces pisé a fondo un lodazal y quedé pringada hasta las cejas de barro. Otra aventura fue cruzar el río.



La montaña me robó el corazón. Sentí todos y cada uno de mis músculos, y cómo se sonrojaban mis mejillas al andar. Recibí lecciones para montar la tienda y cocinar usando gasolina. Y no faltaron las de pesca. A mí no me picó ningún pez, pero al menos empecé a familiarizarme un poquito con el tema. Me encantó.



Ahora ya sé dos principios para ir de excursión en Noruega: "å hølde høyde" e "ingen skam å snu". El primero significa mantener la altura en el monte. Mejor ir rodeando el terreno que subir y bajar mucho. Práctico y menos cansado. El segundo se refiere a que uno no debe avergonzarse de parar, si las fuerzas no alcanzan. Divisé mis límites físicos y los respeté, tras un inicio de testarudez. Siempre me gusta llegar a más, pero no hay que tomar riesgos innecesarios cuando estás en la naturaleza. Al fin y al cabo se trata de disfrutar. Aquí me tenéis equipada al completo y orgullosa de mi primera cima.



Pronto llegaron los regalos para los sentidos:  Una manada de renos a la vista. El murmullo del agua. El silencio al pernoctar o leer un libro a la orilla de un lago.  El tacto de una trucha recién pescada. El gusto a pimienta y sal en los dedos tras sazonarla. Y cómo no... el obsequio al paladar del pescado fresco.


Emocionante dormir acurrucada en un saco y despertar con el sonido de los pájaros. O pajaritos, como me gusta decir a mí, aunque sean grandes. La segunda noche ya dormí como un lirón.


Eso sí... no me libré de los mosquitos. Nada grave, pero en cuanto dejaba un trozo de carne al descubierto ahí se posaban sedientos de amor. Aunque usé repelente y ropa adecuada, siempre encuentran por dónde colarse y devorarme viva. Regresé con varias picaduras y molestias a Trondheim, pero ninguna que me diera alergia por suerte.

Tras cuatro noches en tienda de campaña, la última fue en una hytte o cabaña. Setenta y cinco coronas (unos 8,20 euros al cambio) por persona, que se podían depositar en un buzón o pagar on-line otro día. Como siempre, me encanta la confianza noruega. De estilo tradicional y muy calentita, nos permitió descansar en cama antes de regresar a Trondheim. Y no olvidé de firmar en el libro de huéspedes y leer otras experiencias.

Confieso que me emocioné muuucho al ver el baño exterior o utedo de la cabaña. Después de unos días a la intemperie en cuanto WC se refiere, admito que era un lujo esa casita cerrada con un agujero para sentarse.

La verdad es que hubo fortuna con el tiempo. Poca lluvia y viento y temperaturas estables. Usé el jersey de lana por las noches, pero lo cierto es que no pasé frío en ningún momento.


Nos encontramos a una media de dos personas por días. Fue curioso observar una vez más cómo los noruegos socializan mientras van de excursión. Llevan la naturaleza en la sangre. Y eso es una de las cosas que más amo de este país y su gente.

Les traje un par de regalos a los chicos y se pusieron muy contentos. Para el mayor un pedazo de cuarzo y para el pequeño una cornamenta parcial de reno que yacía en la montaña.

Necesité un par de días para recuperarme de las agujetas, pero regresé alegre, feliz y con muchas ganas de volver muy pronto de telttur.

Hasta la próxima




domingo, 25 de agosto de 2013

Sol, solet

El fin de semana ha sido de lo más soleado, y hemos callejeado. El sábado bajamos al centro. Como siempre, había alguna liada. Música, paradas de comida y gente paseando.

Por una de las calles principales se extendía una retahíla de casetas de los partidos políticos noruegos. Hay elecciones el próximo mes de septiembre. Rosas, chuches, chapas, y globos para los niños. Lo típico cuando se acerca la hora de ejercer el voto. Curiosamente, se observa cierta cercanía de los políticos con la gente. Visten muy informales, nada de ir como pingüinos.

Al hacer más calor, apetecía mucho tomar un helado. Por diez coronas tienes un softy, así que ¡al ataque! El pequeño acabó con nata en el pelo, las manos y toda la cara. Pero disfrutó como un enano. Lo que se dice disfrutar con los cinco sentidos.

También nos dio tiempo de entrar en la biblioteca del centro. Por fuera parece muy pequeña, pero su interior es inmenso. Incluso hay unas ruinas en la entrada. Y una cafetería de donde salen unos olores... (mmm)

Tiene una planta para los niños con multitud de sillas y mesas, y unos asientos la mar de originales hechos con libros. Arnau eligió cuentos de dinosaurios y cocodrilos. En cambio, Adrià fue más directo a los de comida y vestimenta. Pau y yo también leímos un cuento en común. Nuestro nivel de noruego es básico, y hay que ir practicando para mejorar.

Luego nos hicimos socios y pedimos prestada una película infantil, y un cuento. Uno de mis favoritos: Adivina cuánto te quiero (Gjett hvor glad jeg er i deg) de Sam Mc Bratney.


Nunca lo llegué a comprar en catalán o castellano, pero creo que lo pondré en la lista de deseos para estas Navidades. Las ilustraciones son de Anita Jeram. Es un cuento dulce y tierno, de esos que no pueden faltar en vuestra biblioteca. Está traducido a múltiples lenguas, y en diferentes formatos (peluche, plástico para el baño, cartón, y para los más mayores en tapa dura y folios) Lo podéis encontrar en cualquier librería como Abacus por ejemplo.

Hoy hemos vuelto al bosque que hay debajo de la fortaleza de Kristiansten. En una parte, había una exposición sobre la historia militar de Noruega. Arnau ha alucinado con la escenificación de soldados de carne y hueso.



Y luego de picnic en la hierba. Con la toalla, las mochilas y las fiambreras. Los niños se lo han pasado bien corriendo, jugando, y tomando el sol. Pero lo que más les ha gustado es observar cómo un perro recogía el frisbee que le iba lanzando su propietario.


Para acabar hemos ido a coger frambuesas con los pequeños. Cuando se han cansado hemos vuelto a casa y entre todos hemos preparado mermelada. Aquí os dejo la reseña culinaria de Pau.

¡Hasta la próxima!