Sentada con el único sonido de las cigarras como compañía. Al atardecer algunas hojas forman un corro y giran al ritmo de la suave brisa que acaricia este lugar. Caliente y seca a diferencia del frío y húmedo aire de Trondheim al que estoy habituada.
A veces un pavo real de la finca vecina hace demostración de su señorío con grandes aspavientos. Otras se puede escuchar como balan las ovejas a lo lejos, y al perro que controla el rebaño. Los niños juegan tranquilos. Pau está tomando fotografías. Y yo siento la inspiración para escribir estas líneas.
Aunque con poca frecuencia, algunas veces se oye algún avión que se dirige hacia el aeropuerto. Lo imagino lleno de gente con pretensiones diversas. Personas alegres, tristes, expectantes, soñadoras...
No hay ni una sola nube en el cielo desde que llegué aquí. El sol brilla radiante y numerosos árboles frutales son mi vista más preciada. Algunos limones asoman entre las ramas, amarillos a rabiar. Me hacen pensar en lecturas de Lorca. Y en limonada fría. Muy fría. Además, tengo dos ayudantes de primera.
Más de treinta grados hacen que una necesite poca ropa por aquí. Una camiseta de tirantes es el atuendo perfecto. Mi pelo se ha rizado de forma natural como nunca lo había hecho antes. He redescubierto, divertida, un montón de pecas que ya tenía olvidadas.
Cuando el calor me extenua nada mejor que un buen chapuzón en la piscina. Y luego no puedo evitar devorar una tarrina de helado de avellana. Me he acostumbrado a Noruega y las altas temperaturas no son habituales allí. Aunque tengo sangre mediterránea, hay que reconocer que con las temperaturas fresquitas de Trondheim se duerme mejor.
Pese a riesgo de sonar menos idílico, el agua también refresca sobremanera las previsibles picaduras de los mosquitos y otros insectos mediterráneos. Como cada verano todo tipo de bichos me anuncia su llegada de forma triunfal. Aunque este año se han cebado menos de lo habitual conmigo, en mi mochila no falta repelente y calmante local. A los críos los han acribillado, pero, tras una noche de perros, las picaduras empiezan a curarse. Y con todo el armamento que llevamos, ya no han vuelto a picarles de nuevo.
Por las tardes solemos visitar diferentes calas. Sumergirme en el mar me gusta más, si cabe, que en la piscina. Ver los peces y las rocas bajo los pies es algo que me fascina. El gusto salado en los labios y la revolución de mi pelo. Cierro los ojos y congelo el momento en mi mente. Me siento bien.
A los niños les encanta hacer castillos con la arena. La gente los mira entre curiosa y divertida porque usan tres idiomas: catalán con Pau, español conmigo y noruego cuando juegan algunas veces.
Cuando llega el turno de conectar con la civilización y la gastronomía todo es agradablemente familiar. Curiosamente tomo fotos de la comida pensando en mis alumnos de español de Trondheim y en Spansk med Lidia.
Conversaciones espontáneas en una plaza, el ruido de la cocina, personas que se encuentran y se saludan efusivamente... Gente riéndose a carcajadas por las calles. Pedir un quinto o una caña. Beber una copa de vino mientras el sol se pone. Observar maravillada cómo la puesta de sol y las estrellas enseñan que la noche está aquí, mientras pienso que mis amigos en Trondheim están disfrutando, a su vez, del sol de medianoche.
Situaciones peculiares de los primeros días en mi tierra natal, como que te pregunten si te gusta la comida en tu lengua materna y respondas "Ja, ja, jeg liker..." Y de repente te des cuenta que estás contestando en noruego.
Volver a reconectar con la tranquilidad de entender absolutamente todo. Poder hablar con la naturalidad de un nativo de frente, de espaldas o haciendo el pino puente. Pero comprobar con ilusión que, a su vez, soy capaz de entender a algunos noruegos que están de vacaciones familiares como nosotros aquí. Discretos y respetuosos. Igual que en Noruega.
Hace pocas semanas me di cuenta que muchas cosas han cambiado en mí. Más que nunca me hallo entre dos mundos. Pero pese a inevitables contradicciones internas, hay cosas y personas que me hacen feliz en ambos.
Gracias a la isla de Mallorca por unos días de tranquilidad y paz los cuatro solos. Unos días en un entorno maravilloso, lleno de bonitos detalles de los propietarios de la finca.
El verano justo acaba de empezar.